Capítulo: Diana de Gales, la sencilla princesa

A mi regreso a la Argentina, me sumergí de lleno en el mundo de la prensa, y abordé temas tan dispares como fascinantes: desde la vida de los terroristas hasta la riqueza y el fausto de la realeza. Una de las entrevistadas soñadas por todos los reporteros de la época era la princesa de los cuentos de hadas Lady Di. Aunque supuse, por puro prejuicio que sería una mujer frívola, me encontré en cambio con una mujer simple, carismática y luminosa. Casi no usaba maquillaje, llevaba el pelo algo desarreglado y tenía un gran lunar en la cara. El primer día que nos encontramos vestía un tailleur blanco elegante, muy ajustado. La noté chatita de trasero. Era alta. Cuando se bajó del jet privado que le trajo de Ezeiza a Aeroparque, les sacaba una cabeza a todos. Frente a los fotógrafos miraba hacia abajo.  Pestañeaba en cámara lenta, y derretía tanto a hombres como a mujeres.

Durante la entrevista me asombró que hablara de los valores humanos. Lo hacía pausadamente, con voz tranquila. Parecía una mujer sensible. Quería que sus hijos prestaran servicio en África o donde hiciese falta, junto con la Cruz Roja; no quería que fuesen meros muñecos de la corte. Me contó que en el palacio de Buckingham para llegar desde su casa privada hasta la cocina ¡había varios kilómetros de pasillos! Y no se podían cerrar las cortinas. Que quería construir una kitchenette en su zona antes de mudarse al palacio. Le gustaba hacer deporte, salir a correr y cuidar el cuerpo. Hablamos del tema candente de aquel momento: ella ya estaba enamorada de otro y el príncipe Carlos la engañaba. A pesar de este “pequeño” problema, ella lo elogiaba. La princesa cautivó mi corazón. Años después, cuando visité París, fui a ver el lugar donde había dejado su cuerpo en un accidente de tránsito.

Elogiar es el tercer principio de la espiritualidad: “Elogiarse a sí mismo y elogiar a los demás”. Elogiar es un paso para no culpar. El elogio  aviva y eleva el espíritu. Si te elogias y alabas a otros también te llena  de alegría. Si eres capaz de elogiarte no necesitara que te elogien. Puede que creas que alabarse es ego, pero no es así. El ego no puede alabarse a sí mismo; el ego busca elogios de otros. Cuando admiras y alabas a las personas y las cosas, se expande la conciencia. Algo dentro de ti se abre. Culpar y criticar contraen la conciencia. Como la dimensión espiritual es una expansión de la conciencia, de la mente, al culpar nos oponemos a la evolución espiritual.

Fragmento extraído del libro "Del gin&tonic a la meditación y respiración"

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